¿QUIÉN DICE LA GENTE QUE SOY YO?

La pregunta fundamental y constante del Evangelio de Marcos es: ¿Quién es Jesús? La respuesta no se encuentra condensada en un versículo, sino a lo largo de todo el Evangelio. Sin embargo, se puede encontrar esbozada desde el primer versículo de este escrito:

"Comienzo del Evangelio de Jesucristo, Hijo de Dios" (Mc 1,1).

De hecho, el segundo Evangelio nos ofrece una actitud interesante de la gente, ya que ésta no logra descubrir la verdadera identidad de Jesús de Nazaret. Por ejemplo, cuando Jesús libera a un endemoniado en la sinagoga de Cafarnaúm, la gente declara que se trata de «una doctrina nueva, expuesta con autoridad» (Mc 1,27). En el capítulo siguiente, cuando perdona los pecados del paralítico, los escribas manifiestan que se trata de una «blasfemía, porque sólo Dios puede perdonar los pecados» (Mc 2,6). Sus parientes lo consideran loco porque dicen: «Está fuera de sí» (3,21). Más adelante, después del milagro de la tempestad calmada, los discípulos se preguntan: «Pues ¿quién es éste que hasta el viento y el mar le obedecen?» (Mc 4,41). También sus paisanos se escandalizan por su sabiduría y por sus milagros (Mc 6,2-3). Y el rey Herodes afirma: "Aquel Juan, a quien yo decapité, ése ha resucitado" (Mc 6,16).

Al centro de su actividad pastoral y en el corazón del Evangelio, Jesús hace una pregunta crucial sobre su identidad:
¿Quién dicen los hombres que soy yo? Ellos le dijeron: Unos, que Juan el Bautista; otros, que Elías; otros, que uno de los profetas. Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Pedro le contesta: Tú eres el Cristo (Mc 8,27-29).

Los discípulos abren una especie de archivo y comienzan a sacar un elenco detallado, presentando respuestas muy diferentes. Estas respuestas coinciden con lo que ya hemos dicho anteriormente: la gente tiene un concepto equivocado sobre la identidad de Jesús. Para algunos es Juan el Bautista, es decir un profeta duro, severo y penitente; para otros es Elías, un profeta celoso y terrible, que habla duramente contra los pecadores; y para otros es simplemente un profeta del pasado...

El día de hoy, Jesús nos hace la misma pregunta a través de su palabra que es viva y eficaz (Heb 4,12): «¿Quién dice la gente que soy yo?». Me vienen a la mente algunas respuestas de la gente de este nuevo milenio. Por ejemplo, un testigo de Jehová diría que es Dios, pero en un grado inferior. Dos mormones que caminan por las calles de nuestra ciudad dirían que es un profeta, pero que no es Dios. Un empresario americano diría con tono de orgullo: en nuestra moneda tenemos escrito «In God we trust», porque en Dios confiamos. A este propósito, me viene en mente una frase de San Bernardo: «Tienen un concepto lejano de la verdad que no es Dios, que no es un concepto del Dios verdadero, sino de un dios falso y de un ídolo, que es nada en el mundo».

De hecho, esta mentalidad equivocada de Dios también se encuentra muy difundida en el modo de pensar y de hablar de muchos cristianos. Por ejemplo, aún hoy existen personas que tienen la noción del Dios policía, que vigila las 24 horas del día a los hombres y que anota todos los pecados que se comenten en una libreta, para después castigar a los pecadores con su ira terrible. Para otros, Dios es infinitamente misericordioso, hasta el punto que al final de la vida dejará entrar a todos los hombres en el paraíso; por eso, no es necesaria la conversión del corazón. También, existe un tipo de cristiano, que habitualmente es capaz de repetir a memoria lo que ha aprendido en el catecismo, en la escuela de teología y Biblia, en las homilías dominicales, en retiros y cursos. Se trata de una actitud que podríamos llamar «el síndrome del perico»; porque son capaces de repetir lo que otras personas han dicho y afirmado sobre Jesús. Sin embargo, la cuestión fundamental no está en dar una definición exacta sobre la identidad de Jesús, sino en hacer un salto de calidad.

¿En qué consiste este salto de calidad? Si vemos el texto nos damos cuenta que en realidad se trata de dos preguntas de Jesús: la primera tiene como sujeto a la gente y la segunda como sujeto a los discípulos. Así pues, la respuesta del discípulo no coincide con la respuesta que ofrece la gente. A Jesús no le interesa la cantidad, sino la calidad. Aquí se encuentra el salto de calidad: pasar de la multitud, a «ser» un discípulo, que es capaz de dar una respuesta personal, partiendo de la propia experiencia.

Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo? Pedro le contesta: Tú eres el Cristo (Mc 8,29).

Se trata de una pregunta directa, que en primera persona sonaría de la siguiente manera: «Para ti, ¿quien soy yo?». Pedro responde centrando el objetivo: «Tú eres el Cristo». Delante de esta pregunta, ¿Cuál es mi respuesta? ¿Quién es Jesús para mí? ¿Qué cosa significa en mi vida? ¿Es verdaderamente mi Dios y mi salvador? ¿Jesús es mi Señor? ¿Verdaderamente lo amo? ¿Qué lugar ocupa en mi vida?

Carlos Macías de Lara
Director Nacional EESA - Italia