CUATRO EFECTOS DE LA SALVACIÓN
La salvación traída por Jesús tuvo unas consecuencias directamente
relacionadas con nuestra vida. La verdad de Jesús es para vivirla, no para teorizarla,
perdiendo de vista el interés que tiene el Señor porque seamos hombres íntegramente
libres. Estos efectos de la salvación son para cada uno; cada quien ha de apropiarse
de ellos: reconciliación, expiación y perdón de los pecados, liberación y justificación.
1. La reconciliación
El primer efecto y el más importante de la muerte y resurrección de Cristo Jesús
es el haber reconciliado al hombre con Dios y con los demás hombres. Este es
el punto de partida de la obra salvadora de Jesús; El es el reconciliador que
hace la paz entre el hombre y Dios.
Reconciliar, en griego katallazo, significa hacer la paz después de la
guerra (es hacer la paz donde no la había). Esto es lo que realiza Jesús. Es
más, él mismo es nuestra paz.
Por la desobediencia del primer Adán estábamos separados de Dios, enemistados
y en guerra pues habíamos declarado un golpe de estado contra el Señorío divino,
tratando de usurpar el Reino de nuestro Padre. Entonces fuimos expulsados del
territorio de Dios, llamado paraíso y estábamos imposibilitados de volver allá,
pues dos serafines con espadas de fuego nos impedían el retorno.
Entonces Jesús, al resucitar de entre los muertos y ser sentado a la derecha
del Padre, nos lleva en su triunfo y con él somos sentados a la derecha de Dios,
pues por su sangre ya hemos sido reconciliados con Dios. Se terminó la guerra.
Ya estamos en paz.
El, hombre como nosotros, está ahora a la derecha del Padre. En la tierra está
el Dios hecho hombre, y en el cielo el hombre Jesús glorificado. En Jesús están
reconciliadas para siempre la divinidad y la humanidad; en él se realiza la
perfecta y total unión del hombre con Dios.
2. La expiación de los pecados
Los judíos acostumbraban tomar un chivo, llamado "chivo expiatorio", descargar
sobre él los pecados de todo el pueblo, para luego arrojarlo fuera de la ciudad,
con el fin de eliminar así sus pecados de ese año.
Jesús es por eso llamado el "Cordero de Dios que quieta el pecado del mundo",
porque carga sobre sí los pecados de todos los hombres de todos los tiempos;
pero no tiene que hacerlo cada año, sino que su sacrificio se hizo de una vez
para siempre.
Por esto, Dios no puede ya perdonar ningún pecado, porque ya están perdonados,
en el Cordero que fue echado fuera de Jerusalén, y ahí, en la cruz, junto con
él muere todo nuestro pecado.
Jesús no sólo carga nuestro pecado. El mismo se hace pecado: 2Cor. 5,21. El
que no tenía pecado llega a tener una especie de identificación con él, para
que muriendo él, muriera también el pecado. Es como una persona que tiene dos
nombres, por ejemplo Luis Manuel; si Luis muere, Manuel también. Así, en la
cruz agonizaba a las tres de la tarde de aquel viernes, Jesús-pecado; fue así
como, muriendo Jesús, muere nuestro pecado: cargando con él, llevándoselo a
la tumba, haciéndolo morir junto con él. Pero Jesús no se queda ahí, en su tumba,
porque es resucitado por el Padre, dejando al pecado muerto en el sepulcro.
Lo dejó ahí como el policía que para llevar al reo tiene que entrar con él hasta
lo profundo de la cárcel, y lo deja esposado, pero no se queda ahí con él encarcelado,
sino que sale libre.
Todos nuestros pecados, delitos, fallas, injusticias, iniquidades ya fueron
expiados por la sangre inocente del Hijo de Dios que pago el precio de todos
nuestros pecados. Sin embargo no saldría sobrando la siguiente pregunta. ¿Si
Jesús ya pago el precio de nuestros pecados, nosotros ya nos apropiamos ese
perdón?
3. La liberación
Nosotros éramos esclavos del pecado, porque había una fuerza que nos arrastraba
a hacer lo que no queríamos, las obras de la carne, obras de injusticia y egoísmo.
Éramos esclavos, porque no teníamos la fuerza ni capacidad para dejar de pecar
pero Jesús nos da una fuerza mayor que la del pecado: la de su Espíritu Santo,
que nos permite ya no pecar. Su Espíritu nos libera del pecado, es decir, no
ser más esclavos del pecado.
La salvación no es sólo como cuando se lava la ropa sucia, sino la plenitud
de la salvación se da cuando recibimos la capacidad de no volver a pecar.
Mientras fuimos esclavos del pecado, teníamos que obedecer a nuestro amo, que
era Satanás. Pero Dios estaba dispuesto a liberarnos de ese amo que sólo conducía
a la muerte, y por eso quiso comprarnos a nuestro antiguo amo, y nos compro
al precio de su preciosísima sangre. Por eso dirá San Pablo "mirad a qué precio
habéis sido comprados".
Ya fuimos liberados, pero tenemos qué preguntarnos si vivimos como libres o
todavía arrastramos las cadenas de la esclavitud.
4. Justificación
Había un juicio donde se pedía la pena de muerte contra nosotros, por habernos
rebelado contra Dios, pero Dios nos declaró absueltos y justos, gracias a la
sangre de Cristo Jesús. Ante Dios, gracias a la sangre de su Hijo, ya somos
justos.
Ahora bien, si Dios que es justo, ya nos justifico, pero nosotros no vivimos
como justificados, estaríamos haciendo mentiroso a Dios.
La redención gracias a la sangre del Hijo de Dios abarca cuatro aspectos:
- La reconciliación con Dios, con quien ya estamos en paz
- La expiación de nuestros pecados, gracias a la sangre de Cristo Jesús
- La liberación del pecado que ya no tiene poder sobre el que está en Cristo
Jesús
- La justificación que consiste que ante Dios ya no somos culpables, sino
que fuimos declarados justos en el tribunal donde se pedía la pena de muerte
sobre nosotros.
José H. Prado Flores