LA IGLESIA VIVE PARA EVANGELIZAR
El Papa Pablo VI escribió en la Evangelii Nuntiandi que “la
Iglesia vive para evangelizar”. Por eso, evangelizar no es pues la tarea
principal de la Iglesia, sino la única y que resume su esencia y vocación
en este mundo.
Sin embargo, la evangelización integral no se reduce a la comunicación
de un mensaje sino a la instauración del Reino de los cielos en este
mundo, lo cual incluye necesariamente hacer presente a Cristo Jesús
en todos los ámbitos de la vida humana.
San Lucas en el libro de los Hechos de los Apóstoles certifica que
"Los Apóstoles daban testimonio de la resurrección del
Señor Jesús con gran poder" (Hech 4,33).
La evangelización se puede realizar con poder o desgraciadamente también
careciendo del mismo. ¿De qué depende la diferencia?
El autor del libro de los Hechos ofrece la respuesta en los dos pasajes que
se encuentran inmediatamente antes de esta afirmación:
- El milagro de la curación del cojo de la Puerta Hermosa del templo
de Jerusalén.
- La segunda efusión del Espíritu Santo cuando la Iglesia solicita
Dynamis (poder para realizar prodigios y milagros) y Parresía (libertad
y convicción) para evangelizar.
En el plan de Dios el anuncio de la muerte del Señor Jesús y la proclamación de su resurrección van unidos a los signos de poder que demuestran que el Señor Jesús que murió por nosotros en la cruz, ha resucitado y está vivo.
Los signos, prodigios, milagros y curaciones no son accesorios de la evangelización
sino diversas formas de evangelizar porque muestran que el Señor Jesús
ha resucitado. Tampoco son optativos, pues se traicionaría el plan
de Dios. Mucho menos se tiene derecho a reducirlos a los primeros años
de la vida de la Iglesia, pues los dones de Dios son sin arrepentimiento.
En algunas ocasiones los signos acompañan la predicación, como
es el caso de la curación del paralítico que fue introducido
por el techo de la casa donde Jesús proclamaba la Palabra (Mc 2,1-12).
En otras ocasiones anteceden a la predicación y esta cobra una plusvalía
que reditúa en gran número de conversiones como es el caso de
la curación del paralítico de la Puerta Hermosa, cuando se convirtieron
dos mil personas. En alguna ocasión le escuche comentar al padre Emiliano
Tardif este pasaje, cuando decía: “Pedro con una predicación
y una curación convirtió a dos mil personas. Nosotros con dos
mil predicaciones no logramos convertir a nadie. La diferencia radica en el
poder del Espíritu que muestra que Jesús está vivo”
Como Pedro proclamaba en el templo de Jerusalén, “no deben ser
motivo de admiración” (Hech 3,12), porque forman parte normal
del anuncio del evangelio. Lo extraño no es que existan, lo anormal
seria que hubieran desaparecido de la tarea evangelizadora. Tampoco se trata
de atribuirlos a ninguna persona en particular, porque son sólo obra
de Dios que ama a sus hijos y porque los ama los sana con su amor
Dios sana a sus hijos como signo de su amor, porque gracias a las llagas de
Jesús en la cruz hemos sido curados de nuestras dolencias y enfermedades.
Por tanto son siempre signo de su amor por nosotros que dio la prueba máxima
de amor, entregando su vida por aquellos que ama
Dios nos sana porque Dios es amor y todo lo que hace lo hace por amor y con
amor. Su amor es terapéutico porque la carencia del mismo es la causa
de tantas enfermedades psicológicas y males físicos que aquejan
a la humanidad...
Por 20 años tuve la gracia de predicar en los cinco continentes con el Padre Emiliano Tardif a quien Dios le regaló el carisma de sanación. Muchas veces le oí decir al Padre Emiliano que nadie tiene derecho a recortar el Evangelio, cancelando las curaciones porque no le gustaran, porque no se trata de si nos gustan o no nos gustan a nosotros, sino si entran en el plan de Dios.
El mundo de hoy necesita más que nunca estos signos del amor de Dios.
Ya sufre tanto que no necesita que le prediquemos la cruz sino el poder de
la cruz. El sufrimiento no salva. Jesús ya redimió el sufrimiento
cargando sobre sí todos nuestros dolores y enfermedades
La Iglesia por su parte enfrenta un reto ante el mundo. Mostrar que tiene
el mismo poder que su Señor y Maestro para anunciar la Buena Noticia
y curar a los enfermos.
José H. Prado Flores