EL MANTO DE BARTIMEO

En las afueras de la amurallada ciudad de Jericó encontramos uno de los casos de "renuncia evangélica", personificado en el hijo de Timeo (Mc 10,46-52). Bartimeo, ciego y mendigo, se había apostado a la orilla del camino, envuelto en un viejo manto que alguien le regaló porque ya no lo necesitaba. Estaba cansado de la vida que le había clausurado los horizontes, y se contentaba con limosnas y migajas que caían de la mesa de los transeúntes que entraban o peregrinos que salían de la ciudad de las palmeras.

Pero un inesperado y frío día de invierno, Jesús pasó por su vereda. Venía acompañado de dos grupos: una inmensa multitud y sus selectos discípulos. Llevaba prisa, pues debía llegar a Jerusalén antes de la Pascua, ya que iba a realizar la obra más importante de la historia: la redención de todos los hombres. No podía detenerse por motivo alguno. Ni siquiera su amigo Pedro pudo impedirle este viaje, tan importante como riesgoso.

No sabemos si era la primera vez que se cruzaban sus caminos. Lo cierto es que se trataba de la última posibilidad de Bartimeo para encontrarse con Jesús. Sus gritos, cada vez más desesperados, denotan que el mensajero de buenas noticias se alejaba y se perdía en el camino que sube a Jerusalén por las montañas de Judea. El ciego no se desanimó, hasta lograr que el mensajero de buenas noticias se detuviera. Pero Jesús, en vez de regresarse para atender al mendigo que yacía sentado a la orilla del camino, lo llamó. El cansado hijo de Timeo, antes de emprender la marcha, o tal vez para levantarse con prontitud, arrojó su manto, que cayó junto a la palmera que lo había acompañado por tanto tiempo.

Por una parte, entre la incontable multitud que sigue al Maestro de Galilea, éste decide dedicar tiempo de manera especial a una persona. Por otra, Bartimeo sabe que se le está presentando una única oportunidad que no se le puede esfumar, ya que Jesús lleva prisa. La pasividad o calma podrían dejar ir esta posibilidad. Entonces, sin pensarlo, se desprende y tira su manto junto a la palmera.

a. Qué es y qué significa el manto

Generalmente tejido con gruesa piel de cabra o de camello, llegaba a pesar hasta 15 kilos. Servía para protegerse de las tormentas de arena, y cubrirse por las noches del frío del desierto que entume los huesos. Ese manto desteñido por el sol y la esbelta palmera donde recargaba su bastón, eran sus únicos fieles compañeros.

b. Visión tradicional y mensaje evangélico

Ordinariamente, el enfoque de la predicación insiste que debemos renunciar a nuestros mantos, que representan nuestra vieja vida, para poder ir al Señor. Pero esta visión es muy miope, ya que pretende hacer depender de nosotros lo que ante todo es una gracia.

Esa mañana el ciego, cansado y sentado a la orilla del camino, era un anónimo más entre la inmensa multitud. El predicador de Galilea ni siquiera lo percibió cuando pasó por su vereda. Entonces, se hace notar gritando. Para no entretenerse, tira para siempre el estorboso manto que le dificultaba la marcha de sus pies cansados. Para Bartimeo no está en juego sólo venir a Jesús, sino llegar rápidamente, pues el tiempo apremia y no puede dejar escapar la sorpresiva oportunidad. Aquel estorboso y pesado manto le podría hacer perder segundos tan valiosos como determinantes...

Este pasaje nos muestra que hay dos formas de seguir al Señor: como multitud o como discípulo. La frontera que separa estas dos posibilidades es el pesado manto que le impide correr a la cita.

La actitud de Bartimeo es sólo para quienes necesiten salir de la multitud anónima y ser atendidos de forma particular por el Salvador del mundo. ¡Los que tengan prisa! Los que ya están cansados de estar cansados. Si estás contento en el desfile como todo mundo... no lo dejes. Pero si necesitas atención personal, no grupal ni multitudinaria, entonces hay que tomar ciertas medidas. Si llevas urgencia o prisa, si tienes ilusión o necesidad de encontrarte inmediatamente con el hijo de David que da sentido a la vida y abre las puertas del futuro, entonces es necesario desprenderse de los pesos que obstaculizan nuestro objetivo.

Si el manto es ese peso que, aunque nos permite caminar, nos impide correr hacia Jesús, entonces debemos primeramente preguntarnos si queremos ser uno más de los que siguen al Maestro, o necesitamos una atención especial, para lo cual no podemos arriesgarnos a perder la última oportunidad de la vida, y hay que dejar cualquier cosa que no nos permita ir aprisa.

Tu manto podría representar tus rencores, así como tus miedos e inseguridades. Tus cargas de angustias y presiones. El vacío, o sinsentido de la vida, que pesa tanto. Manto de amarguras y dudas, de desconfianza y de heridas, de las máscaras, mentiras y engaños. También dejar ciertas ideas estereotipadas como: “Dios no me ama, yo no lo merezco porque soy un mendigo pobre. El Señor está muy ocupado y lleva prisa. Son tantos los que lo buscan y procuran, que no tiene tiempo para mí”.

c. Aprovechar la única oportunidad: alivianarse para correr

Tal vez el Maestro de buenas noticias nunca más transite por la vereda de tu vida. Aprovecha esta oportunidad única y tal vez irrepetible, para no lamentarte como San Agustín, que con cierta nostalgia exclamaba: “Temo al Dios que pasa y no vuelve”, pues se puede escapar en la penumbra de la noche como el novio del Cantar de los cantares.

Cuenta el bellísimo libro Cantar de los Cantares que el novio tocó la puerta, pero la novia, como buena mujer, se hizo del rogar y no le abrió. Después de un tiempo de tenso silencio, ella salió pero ya no había nadie. Entonces, angustiada, preguntó por todas partes por sí habían visto a su amor pasar.

Lo cierto es que cargamos no un manto de piel de camello, sino muchas veces al camello completo en nuestras espaldas... con pesos y cadenas que nos impiden volar. Por tanto, dejar el manto no es renuncia, es "aliviane" (*), es liberación.

(* Expresión juvenil mexicana que significa quitarse el peso que va uno cargando.)

Si quieres encontrarte rápidamente con Jesús, aliviánate. Si ya no puedes más con las cargas que llevas en la familia, contigo, con los demás, aliviánate. Si estás sentado o vencido por el lastre de tu corazón, tu mente o tus afectos, el Evangelio te ofrece la Buena Noticia: aliviánate de ese estorbo que pudiera hacerte perder la última oportunidad de encontrarte con la Luz del mundo, que vino tanto a dar vista a los ciegos como a liberar a los oprimidos.

Si no llevas prisa para ser sanado de tu fastidio, sigue envuelto en tu pesado manto y sentado delante del camino que nunca has de recorrer. Si ya te acostumbraste a mendigar migajas y contentarte con lo que a los demás les sobra, no dejes el manto, pues es lo único que tienes. Si ya te habituaste a tu ceguera, que es una vida amorfa, vacía y rutinaria, enfúndate en el manto y protégete así de las miradas y los comentarios de los demás. Si todavía no te cansas de estar cansado, sigue cobijado con tu manto.

Mas si te urge, aliviánate para que vayas ligero de equipaje. Si prefieres la soledad a la orilla del camino, escóndete atrás de ese manto desteñido; pero si necesitas atención personal, aliviánate. Si quieres continuar como un anónimo más en la multitud, no dejes ningún manto; pero si decides ser discípulo, aliviánate de todo manto. Si necesitas una curación integral, aliviánate. Si pretendes aprovechar esta oportunidad única e irrepetible, aliviánate. Si cargas un gran peso en tu corazón, en tu mente o en tus afectos, aliviánate Si quieres recuperar el tiempo perdido, aliviánate.

Dejar el manto no es renuncia, sino aliviane. No es desgarrarse las vestiduras sino desprendernos de lo que nos sobra, estorba y hasta daña, lo que nos cubre escondiendo lo que verdaderamente somos. ¿Por qué quieres seguir cargando al muerto?

d. El encuentro y la curación

En cuanto Bartimeo se encontró con Jesús, el Maestro le hizo una pregunta que era como firmarle el cheque en blanco: "¿Qué quieres que te haga?" Bartimeo confesó al Señor como su único Maestro, declarándole su amor: "Rabbuní", le respondió.

Una vez curado de su ceguera, describe el Evangelio, Bartimeo siguió a Jesús por el camino que lo llevaba a Jerusalén. Sin embargo, es muy significativo que no regresó por su manto arrugado a la sombra de la palmera. Lo había dejado definitivamente y lo abandonaba para siempre. Ahora es Bartimeo también quien lleva prisa por llegar a Jerusalén.

Síntesis: libérate de los pesos que te impiden correr

Bartimeo aprovechó la última oportunidad de su vida. Para ser atendido por Jesús, que llevaba prisa por subir a Jerusalén, tiró su estorboso manto, pues era su última oportunidad para salir de su postración.
Entre la colonial e histórica ciudad de Morelia y la ciudad de México, existen dos carreteras: una de cuota que es más segura y rápida, y otra normal, que es más estrecha y se circula con mayor lentitud. Cada uno elige la que quiere tomar. Quien prefiere rapidez y seguridad, debe cubrir un precio. Así también Bartimeo, pagó la cuota de dejar el peso de su manto para poder encontrarse inmediatamente con el hijo de David.

Hoy Jesús está pasando delante de ti. Es una oportunidad única y tal vez irrepetible. Podría ser la última ocasión. El Maestro lleva prisa. No puede perder tiempo con tu indecisión. ¡Ahora o nunca jamás! ¡No lo hagas esperar porque se va! El tiempo es decisivo... o te desprendes del peso del manto o podrías perder la última posibilidad de tu vida. Ciertamente no se trata de una renuncia que te parta a jirones el corazón, sino de liberarte de todo peso que te impida correr para aprovechar esta oportunidad, sabiendo que una vez dejado no se puede volver por él.

José H. Prado Flores