LAS TRES MONTAÑAS DE JESÚS
En la vida de Jesús hay tres montañas muy importantes y muy unidas una con
otra, que son como tres eslabones de una cadena. Podríamos decir que en estos
montes ocurrieron los tres acontecimientos más importantes de la vida de Jesús:
El monte Tabor donde Jesús recibe una nueva experiencia del amor de su Padre.
El monte Calvario donde se entrega por amor a nosotros. El monte de los Olivos
donde asciende para ser glorificado.
Si este es el camino de Jesús, por lo tanto es el camino de cada uno y de todos
sus seguidores. Se trata del itinerario de la vida cristiana. Es tal la relación
que existe entre estos lugares, que no podremos ir al monte de los Olivos donde
Jesús asciende para ser glorificado, sin antes haber subido al Calvario. Tampoco
somos capaces de ascender al Calvario si antes no hemos vivido la experiencia
del Tabor; donde nos abastecemos de la fuerza necesaria para llevar la cruz
del discípulo y después ser resucitados con él, para proclamar su nombre hasta
los confines de la tierra.
El Monte Tabor
Cuando los vientos de contradicción arreciaban, Jesús quiso tomar un respiro
que lo refrescara y lo fortificara para la lucha final que se avecinaba. Subió
hasta la cumbre del monte Tabor donde su Padre le declaró su amor incondicional:
“Tú eres mi Hijo amado”.
Antes de ir al Calvario, Jesús ascendió al Tabor porque su destino doloroso
sólo se puede contemplar adecuadamente desde la perspectiva del amor de Dios.
El Monte Calvario sólo se ve bien desde otro monte más alto, el Tabor. En este
monte, según nos narra San Lucas, encontramos a Jesús con Moisés, prototipo
de la ley y con Elías, prototipo de los profetas -es decir, con la síntesis
del Antiguo Testamento- dialogando con ellos acerca de su próxima partida de
este mundo que es inminente.
Por eso, antes de subir al Gólgota, recibe del Padre la experiencia de ser el
Hijo muy amado, en quien tiene sus complacencias.
Si Jesús vive la experiencia del Tabor antes de la del Calvario, es porque nadie
puede ir al sufrimiento y a la cruz si antes no ha experimentado el amor de
Dios. Así como no hay pascua de resurrección si no hay Calvario, así mismo esto
no es posible sin un Tabor, donde impulsados por la experiencia del amor personal
de Dios, tomemos la decisión de hacer la voluntad del Padre, cualquiera que
ésta sea.
Sólo quienes han escuchado la voz de Dios que les declara su amor personal e
incondicional pueden posteriormente decirle, “pero no se haga mi voluntad, Padre
amado, sino la tuya”.
El Monte Calvario
La experiencia del amor de Dios conduce necesariamente a hacer su voluntad.
En el Tabor Jesús dialogaba con Elías y Moisés sobre su próxima partida, es
decir su designio doloroso de entregar su vida por la salvación de toda la humanidad.
Por lo tanto desde la cumbre del Tabor ya se vislumbra el segundo monte en la
vida de Jesús.
El amor es expansivo por naturaleza. Jesús, amado por su Padre, da la prueba
máxima del amor en el Calvario: entrega su vida no sólo por nosotros sino a
nosotros.
Al experimentar ser amados por Dios, necesariamente entregamos nuestra vida
por los demás. El monte Tabor no es para hacer tres tiendas en su cumbre sino
para descender y recorrer los caminos que conducen a Jerusalén y culminan en
el monte Calvario donde nadie nos quita la vida sino que nosotros la entregamos
voluntariamente por los demás.
Si el Tabor es el monte donde Dios muestra su amor a Jesús, el Calvario es donde
Jesús muestra su amor por nosotros.
El Monte de los Olivos
El tercer eslabón de la cadena de la vida de Jesús y del cristiano es un pequeño
montecito que se encuentra al oriente de Jerusalén; el monte de los Olivos.
Cuarenta días después de su muerte en la cruz, Jesús resucitado subió con sus
apóstoles a este monte para dar las ultimas instrucciones a los suyos prometiéndoles
que enviaría la fuerza de lo alto para convertirlos en testigos con poder que
anunciaran su nombre hasta los confines de la tierra. Es el monte de la promesa
del poder del Espíritu.
Desde allí se elevó en presencia de los apóstoles, yéndose a la derecha del
Padre, donde fue constituido Señor y Mesías y le fue dado el nombre que está
sobre todo nombre.
El monte de los Olivos se identifica también con el monte de la Ascensión de
Jesús cuando vuelve a la casa de su Padre para celebrar la fiesta de su graduación,
porque había cumplido la misión que el Padre le había confiado.
No todo termina en la cruz. La plenitud es el monte de los Olivos. La muerte
es la víspera de la glorificación.
Si en el Calvario Jesús extendió sus brazos muriendo por todos nosotros, en
el Monte de los Olivos el Padre le abre los brazos para recibirlo, pues ha cumplido
la misión confiada.
Conclusión
Ninguno de los tres montes se puede suprimir, pues afectaría a los otros dos.
Siempre van los tres juntos.
Y si van juntos en la vida de Jesús, van juntos y no se puede suprimir ninguno
en la vida del discípulo del maestro de Galilea.
Existe una íntima unión entre el Monte Tabor y el Monte Calvario, ente el Monte
Tabor y el Monte de los Olivos, desde donde Jesús resucitado asciende gloriosamente
al cielo en una nube. Son un trípode que delinea la espiritualidad de todo discípulo
de Jesús.